El estudiante que cogió un autobús hacia Falset y no volvió hasta cuarenta años después

📅 17/08/2026

Hay historias que comienzan con una decisión trivial y terminan marcando una vida entera. La de Jordi Vidal, enólogo barcelonés convertido en uno de los grandes referentes del Priorat, empezó un día cualquiera con un trayecto en autobús y la promesa de volver a casa para cenar. Aquella jornada acabó transformándose en una estancia de cuarenta años ligada a la tierra, a la uva y a un territorio que entonces pocos miraban con interés.

“Mamá, nos vemos a la hora de cenar”

La mañana en que el joven Vidal subió al autobús de la Hispano Igualadina con destino a Falset llevaba poco dinero y los documentos necesarios para matricularse en la Escuela de Enología y Viticultura. Había dicho a su madre que estaría de vuelta por la noche. Sin embargo, veinte días después seguía en el Priorat, participando en su primera vendimia. Aquella experiencia, vivida casi por casualidad, le cambió el rumbo para siempre.

Un futuro entre Biología y vino

En aquella época, Vidal era un joven barcelonés que pasaba los fines de semana descargando camiones de vino y aceite en un almacén de la calle Enric Granados. Aunque su intención inicial era estudiar Biología, atraído por la genética, el contacto con el mundo del vino fue despertando una curiosidad cada vez mayor. Cuando los vendedores atendían a los clientes, él escuchaba con atención; cuando la tienda se quedaba sola, incluso llegó a recomendar algunas botellas.

Para cualquiera que desee adentrarse en este universo, existen libros de enología para dar los primeros pasos que resultan muy útiles y amenos.

Fue un trabajador originario de Falset quien le habló de una escuela donde se podía estudiar enología y viticultura. Animado por aquella sugerencia, Vidal llamó por teléfono y tuvo la suerte de que le atendiera Josep Lluís Pérez, maestro y fundador de Mas Martinet. Aquella conversación le convenció por completo, pese a que sus padres, como tantos otros de la época, habrían preferido que cursara una carrera universitaria o que entrara a trabajar en La Caixa. En lugar de eso, Vidal eligió la Formación Profesional de Enología y Viticultura, una decisión que entonces resultaba poco convencional.

Para completar la matrícula, tenía que desplazarse hasta Falset. Mientras esperaba en la cola para pagar, un grupo de alumnos de segundo curso le propuso quedarse a vendimiar con ellos. Él les explicó que no llevaba ropa ni tenía dónde dormir. Ellos le ofrecieron su piso y todo lo necesario. Entonces volvió a llamar a su madre: “Mamá, al final no vendré a cenar”. Así empezó una historia de amor entre un estudiante y una comarca que todavía no sabía que se convertiría en uno de los grandes destinos del vino mundial.

Años de formación, trabajo y viajes

En 1986, el Priorat no era el territorio próspero y admirado que hoy se conoce. Las carreteras seguían en obras y la pobreza era visible en muchos pueblos. Vidal estudió dos años en Falset, trabajó plantando y recuperando viñedos en diferentes proyectos, se licenció en Enología por la universidad de Tarragona y participó en varias vendimias en Familia Torres, en el Penedès. Más tarde, montó una escuela de cata en Barcelona, se dedicó a la exportación, aprendió idiomas y viajó por distintos mercados internacionales.

Durante todo ese tiempo, nunca abandonó la idea de abrir una bodega propia en el Priorat. Lo intentó una vez y los bancos le respondieron con risas. El sueño, sin embargo, acabaría cumpliéndose gracias a una boda. Y no, no fue la suya.

Un sacerdote, un maestro y un enólogo: el origen de La Conreria

La historia de La Conreria nació de una alianza poco habitual. Un sacerdote, un maestro de escuela y un enólogo coincidieron en la boda de Jaume Sabater, compañero de Vidal en la facultad. Allí se reencontró con Josep Maria Mitjans, un cura del Priorat que diez años antes le había encargado sus primeros trabajos entre viñedos.

Mitjans procedía de una familia agrícola del Penedès y mantenía una fuerte vocación por la tierra. A finales de los años setenta, había comprado en Escaladei una antigua propiedad de la familia Rialp, donde fue recuperando y plantando viñedos. Aunque no era un monje cartujo, compartía con ellos el sueño de elaborar vino en la cuna histórica del Priorat. Vidal recuerda que Mitjans tiraba azufre a las viñas los domingos por la mañana y luego se iba a celebrar misa oliendo a azufre. Durante aquella boda, los tres decidieron unir fuerzas. En 1997 comenzaron a trabajar apenas tres hectáreas y fundaron La Conreria, un nombre que remite al verbo “conrear”, es decir, trabajar la tierra.

Los pilares del proyecto

Desde el principio, la bodega apostó por un camino propio. Mientras el Priorat estaba dominado por las variedades tintas, Vidal empezó a trabajar con un 70% de viñedos de uva blanca. “Es la uva que tenemos —se dijo—. Tendremos que hacer vino y tendremos que venderlo”. Así nació Les Brugueres, elaborado con garnacha blanca, hoy uno de los blancos más emblemáticos de la denominación. Al principio no fue fácil: los técnicos de la DOQ Priorat rechazaron la primera añada por considerarla poco representativa de la zona. La respuesta de Vidal fue contundente: “Si un Priorat típico debe ser oxidado, ¿por qué no puede cambiar?”. Finalmente, el vino fue aceptado.

Los aficionados a la garnacha blanca y a los vinos de esta comarca pueden encontrar una buena selección de vinos blancos del Priorat para comparar estilos y descubrir por qué esta variedad se ha convertido en un símbolo.

Mario, la viña recuperada y las lágrimas de una vida

Uno de los episodios más emotivos de la trayectoria de Vidal tiene como protagonista a Mario, un hombre mayor que vivía solo en la Vilella Alta y apenas cuidaba la vieja parcela de cariñena que su padre había plantado en 1929. Cuando Vidal la arrendó, a finales de los años noventa, muchos vecinos pensaron que estaba perdiendo el tiempo. “Aquí lo perderás todo. Esta viña no da nada”, le repetía Mario.

Vidal no hizo caso. La recuperó, volvió a labrarla y trabajó durante años para devolverle la vida. La primera vez que Mario vio la finca restaurada, lloró al recordar a su padre trabajando con el animal entre los bancales. En 2002, cuando Mario decidió vender sus propiedades e ingresar en una residencia, recibió otras ofertas por la parcela, pero quiso que se la quedara Vidal: “Tú has sido quien la ha recuperado. Dime cuánto puedes pagarme y te la venderé”. Así nació Coster d’en Mario, la primera viña en propiedad de La Conreria. Años después, Mario volvió a llorar cuando vio su nombre en la etiqueta de una botella.

El enoturismo como filosofía de vida

La Conreria también fue pionera en abrir sus puertas a los visitantes cuando el enoturismo apenas existía en el Priorat. Los fines de semana, Vidal trabajaba en la bodega y recibía a quienes llegaban sin cita después de recorrer una carretera complicada y encontrar casi todo cerrado. “Me sabía mal que alguien hiciera aquel esfuerzo y no lo recibiera nadie. Eran los mejores embajadores del territorio”, recuerda.

Aquellas visitas improvisadas acabaron condicionando incluso la arquitectura de la nueva bodega, diseñada para que el visitante pudiera ver las barricas, el paisaje y a las personas trabajando. En palabras de Vidal: “Si teníamos que crecer, no podíamos hacerlo solo en volumen. Teníamos que crecer en turismo. El vino debe sostener la actividad turística y el turismo debe dar sostenibilidad al vino”. Por eso, las visitas siguen incluyendo vinos directamente del depósito y explicaciones sencillas y honestas. Para él, la gente debe entender que el vino es complejo, pero sencillo.

Quien desee recorrer la comarca puede planear su propia ruta con una guía enoturística de la comarca y descubrir los paisajes que enamoraron a Vidal.

Cuatro décadas después

Casi cuarenta años después de aquella mañana, Jordi Vidal sigue vinculado al Priorat. Trabaja unas 58 hectáreas y produce entre 110.000 y 160.000 botellas, según la cosecha. A sus hijos les ha transmitido una convicción: pueden dedicarse a lo que quieran, pero deben conservar al menos una viña. Cuando se le pregunta qué habría ocurrido si hubiera regresado a Barcelona a cenar aquel día, sonríe. “Seguramente tendría más patrimonio —admite—. Pero no habría sido tan feliz”.

El estudiante que cogió un autobús hacia Falset y no volvió hasta cuarenta años después

Contenido original en https://www.lavanguardia.com/comer/beber/20260812/11605224/estudiante-enologia-viajo-bus-priorat-pensando-volver-ese-dia-quedo-40-anos-me-hubiera-dedicado-vino-tendria-mas-patrimonio-habria-sido-feliz.html

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