Las lecciones que nos regala el vino
El vino, como las personas, atraviesa una época de incertidumbre. Por primera vez en milenios, una parte significativa del mundo parece dar la espalda a esa bebida fermentada que ha sido emblema de nuestra civilización. Sin embargo, hay vinos que logran sobrevivir y hasta prosperar: aquellos que encierran historias genuinas, bien narradas, y que están elaborados con esmero. Porque —afirmación que merece ser repetida— la precisión no ahoga la poesía; al contrario, cuando la ciencia y la emoción se encuentran, surgen los instantes más sublimes de placer.
Acabo de regresar de Tenerife, donde tuve la oportunidad de asistir al Island Wines Summit, un encuentro que reúne a algunas de las mentes más brillantes del mundo vinícola. Allí se debatieron cuestiones técnicas sobre mineralidad, aromas y terruño, pero sobre todo se compartió una reflexión esencial: ¿por qué ciertos vinos poseen una personalidad arrolladora y cautivan a los aficionados, mientras otros, a pesar de nombres rimbombantes o etiquetas graciosas, no logran diferenciarse?
No hace falta ser un experto para comprenderlo
Para entender esta diferencia no se requiere ser ingeniero agrónomo ni sumiller con maestría. Basta con aplicar la lógica más sencilla, esa que cualquier persona habituada al contacto con la naturaleza y el campo conoce de sobra. La vida está llena de enseñanzas para el vino, y viceversa: un buen vino ofrece lecciones valiosas para vivir mejor. Escuchando a referentes como los sumilleres Josep Roca, Pascaline Lepetier, Paz Levinson o Bernat Voraviu, a periodistas de la talla de Jamie Goode, y a elaboradores como Antonio Maçanita o Jonatan García Lima —por no alargar la lista—, me ratifiqué en una idea: lo que realmente vale necesita verdad y tiempo.
“En un mundo de clones, copias y clichés, lo que nos salva —porque nos conecta y define nuestro lugar— es la identidad, el origen, nuestra propia voz.”
La naturaleza no es un decorado
La naturaleza no es un mero telón de fondo; es una maestra que nos enseña a mirar, escuchar y aprender. De vez en cuando nos envía un mensaje, una cura de humildad que nos recuerda nuestra pequeñez. No somos tan importantes ni tan poderosos como creemos. Debemos aceptar la incertidumbre, rebajar el ego, abandonar la tendencia a la exhibición y, quizás, iniciar de nuevo la búsqueda de la esencia. Aunque sea solo un gesto simbólico, ese esfuerzo nos ayuda a desprendernos de lo superfluo.
Un vino que cuenta una historia
Resulta fascinante paladear un vino nacido de viñas improbables, plantadas al borde del mar, entre los huecos de la roca volcánica de la isla de Pico. Por ejemplo, el arinto de Antonio Maçanita de la Azores Wine Company. En ese sorbo se siente contenido, como el genio en una lámpara mágica, todo el carácter de aquel lugar: el ambiente salino, la fuerza telúrica de un paisaje apenas domesticado. Es la historia de un lugar y un tiempo concretos. Como en todo gran libro, también es la historia de hombres que no tratan de vencer a los elementos agrestes, sino de colaborar con las cepas para lograr algo único.
Entre la tragedia y la esperanza
En las últimas décadas, el mundo del vino vive una paradoja. Por un lado, la tragedia: el consumo global cae, y crece el desinterés de una población cada vez más amplia por una bebida que durante milenios fue venerada. Por otro lado, la esperanza: emerge con fuerza una pequeña gran revolución que contrarresta esa tendencia. Se trata del retorno al origen, al valor del tiempo, a los vinos que hablan de lugares concretos en momentos concretos. En términos técnicos, esto se conoce como «baja intervención» en el proceso de elaboración.
- El terruño se ha llevado gran parte del foco: ese reflejo del paisaje que, mediante una mezcla alquímica de naturaleza y trabajo humano, llega al interior de la botella y evoca el lugar al que pertenece.
- Pero hay un segundo elemento, quizás aún más necesario en nuestro tiempo, que no siempre se ensalza lo suficiente: nuestra relación con el tiempo. Ya se llame crianza, envejecimiento o, mejor dicho, ausencia de prisa. Es la decisión de dejar que cada elemento haga su trabajo, que la botella y el silencio actúen sin interferencias para que ese ser vivo llamado vino alcance su máximo esplendor.
Primero ocurre el florecimiento; luego, años después, comienza la decadencia con su otra belleza. Y esa fase puede durar mucho tiempo si en la viña y en la bodega se hicieron bien las cosas y se seleccionaron las uvas adecuadas.
Contenido original en https://www.elcorreo.com/jantour/opinion/benjamin-lana-ensena-vino-20260627182754-nt.html
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